19 de febrero de 2015

Auténtico


Por @engentada

Tuve la fortuna de ir a visitar San Juan del Río hace un par de semanas. San Juan queda a media hora de camino de la ciudad donde vivo, queda de paso a la ciudad de México, es el lugar de trabajo de mi papá y, entre otras cosas, es de los primeros lugares a nivel nacional en índice de madres solteras.
Ese día (sábado) nos invitó mi padre a comer con él en su descanso. Como muchos de ustedes saben -o tal vez no -las empresas japonesas funcionan también los días sábado. Aprovechamos para llevar a mis sobrinos al parque un rato y luego nos reunimos de nuevo con mi papá para volver a casa. Quedamos de vernos en la plaza que alberga a liverpool, cerca de la carretera, y mientras los niños cenaban algo, quedé con la misión de conseguir café. Hice mi pedido, todo muy normal, y entre distraída y no querer ponerle atención a la gente no me di cuenta cuándo se puso una familia al lado mío. Reparé en ellos hasta que llegaron a mi cerebro jirones entrecortados y bastante increíbles de una conversación que giraba, al principio, en torno a cubiertas para iPhone marca Ferrari. Luego acerca de tenis Nike. Cuando llegaron al tema de (y cito textualmente) "los bolsos MK originales" no pude resistir el impulso de voltear a ver si la familia al lado mío eran niñas de 16 años.
Junto de mí estaba parado un señor de aproximadamente 45 años, gordo, muy blanco, canoso, con papada, vestido como afiche de Docker's, pidiendo un espresso con mucha impaciencia, y a su alrededor sus hijos: dos adolescentes que podrías ver fácilmente bajando de la SUV blanca de su madre peinada de media melena color castaño claro, el hijo debió tener 15 años y la hija unos 18, ambos bien vestidos, el hijo con Toms (por supuesto) y la hija con el lazo amarrado en un moño en su cabello suelto, lo cual últimamente parece ser el uniforme de las homínidas de esa especie. Evitando hacer una cara de extrema repulsión mantuve la nariz clavada en el teléfono hasta que se largaran y me pudieran dar mi pedido, que era dolorosamente más grande que el del señor Club de Polo e Hijos. Desgraciadamente por ese mismo motivo tuve que deleitar mis oídos con la impactante noticia de que una conocida de el hijo se había comprado un "bolso MK original", a lo cual Mr. Docker's se vio impelido a preguntar si de verdad era auténtico o de las imitaciones del mercado de a 100 pesos, "porque ya ves que Vieja Equis según compró uno LV pero obviamente se ve que es súper chafa", acto seguido el niño se apresuró a asegurar que éste sí era auténtico "porque me fijé en el forro, y trae el logotipo también". Aún cuando ya le habían entregado su pinche café todavía me tuve que aguantar las ganas de vomitar mientras Don Gordo  le ponía azúcar con toda la parsimonia del mundo a su diminuto vaso de café mientras se quejaba de cómo Starbucks era lo más asqueroso del mundo porque pidió un capuchino y le dieron un frappé. Lo cual me pareció extremadamente ridículo porque creía que sabía de qué hablaba cuando acababa de ponerle un sobre entero de endulzante a su café. Finalmente la familia de marca se alejó feliz por el pasillo, lejos de mi, y, espero, lejos de toda forma de vida, su estupidez y vacío existencial es tan tóxico que seguramente tendrán que pasar varios días en descontaminación antes de estar seguros de que no propagarán la misma pendejez por toda la tierra.
Mientras, ojalá su necesidad de verse reflejados en cosas caras o de marca nos permita a todos los demás gastar nuestro dinero de formas menos idiotas, y hay que compadecernos de la gente de esa clase porque no sabemos en realidad cual será la carencia existencial que tienen para exigir que las cosas que los rodean sean originales. Me pregunto si su amor familiar es Prada, o su dignidad también trae impreso el monograma de Michael Kors.

6 de febrero de 2015

4 de febrero de 2015

La indigestión suele provocar pesadillas.

Con el tiempo sus ojos se endurecieron al verme. Y yo la oía hablar pero sin escucharla realmente. Todo sonido era el aire, los carros, los pasos, y su voz. Pero no sus palabras, ya que estas me parecían enojosas, exasperantes, insoportables.
Una de las últimas noches en las que peleamos y me di cuenta que ella ya no me quería, ni yo a ella, dormí a pausas, preguntándome si algún día la quise, preguntándome si algún día volvería a querer a alguien.

Cuando abrí los ojos me di cuenta que todo había sido todo una pesadilla, que ella aún me amaba y yo a ella, que nuestro amor no se había extinguido y que mi noche del terror, aquella en donde imaginaba que mi amor me había abandonado, había pasado sólo en mi cabeza, que nada había cambiado. Que no importaba qué tan poca cosa fuera yo, porque cuando estaba a su lado dejaba de ser irrelevante, lo era todo. Y ella era mi todo.








Última vez que ceno tacos.

1 de febrero de 2015

Hoy, no estoy de suerte

Tomado del archivo muerto. De cuando estaba realmente enamorada.


07/09/2006

Trabaje doce horas seguidas, me quede dormida en la oficina, y le llene de baba el brazo a mi jefe, de regreso a casa, empezó a llover, y como me entro lo sano, me había ido caminando al trabajo, así que, llegue como pollo remojado a la casa...
Siento que mis ojos ya están como los de mi abuelo, rasgados! (ahora si le hago honor al apellido, y me convierto en china)...
Aaaah! pero aquí estoy, sentada, frente al estúpido monitor...extrañándote!!!
El greñas ya se quedo dormido...y la gorda, ya desparramo las croquetas...y sigo sentada...y se me empieza a caer de nuevo la baba...tengo sueño...mucho sueño...pero te necesito...

Ya empiezo a ver borroso.
Me duermo, y te sueño...

19 de enero de 2015

Torpe

Por @Engentada 


Mentiría si les dijera que mis padres no sufrieron para educarme. Estoy 100% convencida de que mi cerebro trabaja en un plano diferente y a una velocidad distinta a la del resto del mundo. No mejor, ni peor, solo diferente.
Mi infancia transcurrió tranquilamente entre las 4 paredes de mi casa. Solo hasta que tuve una bicicleta –y aprendí a usarla (como hasta los 10 años) me aventuré a salir de la comodidad de mis libros y programas favoritos, para recorrer las calles de mi colonia a toda velocidad. Claro, toda la que me permitían mis frágiles piernitas. Por supuesto, día tras día regresaba con raspones, arañazos, sin algún arete, machucada y llena de tierra.
A lo largo de la primaria (y secundaria también) perdí varias veces (MUCHAS) la chamarra o el suéter del uniforme. O los colores. O los libros. O el dinero. Siempre el dinero. El pinche dinero.
He perdido dos de los cuatro celulares que he tenido. A los 16 me perdí en el autobús de regreso a casa. Mi infancia y adolescencia estuvieron marcados por pequeños detallitos que, aunque a veces podían resultar fastidiosos o incluso hasta peligrosos, no se me hacían nada extraño. Es más, yo creía que a todos les pasaba.
No fue hasta que un exnovio (con el que, por cierto, tuve la única relación psicológica y emocionalmente abusiva de mi vida) me hizo ver la realidad con una frase que me marcó el resto de mis días:
“Es que no puedo creer que seas TAN TORPE.”
Ahí estaba la verdad de todo el asunto. Hasta entonces fue que pude asumir que en realidad yo era una persona torpe. Obviamente corté con el tipo varios meses después, pero fue una verdad dolorosa y a la fecha odio admitirlo, pero sigue siendo una característica molestamente predominante en mi vida.
No pasa un día sin que me tropiece o me golpee con algo; todavía sigo perdiendo dinero, una vez perdí la cartera con todas las credenciales saliendo de la universidad, y en otra ocasión, hace muy poco, perdí un billete de 100 con el que un alumno me acababa de pagar; aún sigo perdiendo chamarras e incluso en mis años de alcoholismo moderado llegué a perder la conciencia.
Creo fervientemente que el hecho de que siga viva se debe más a mi suerte que a alguna habilidad de homo-neandertalis de autopreservación que los humanos deberíamos tener por regla general almacenada en las cadenas de ADN o algo por el estilo.
Y sí. Después de todos estos años, sigo perdiéndome en el camión.
Hoy por ejemplo salí de mi ex lugar de trabajo, rumbo a mi casa. El autobús se detuvo al lado de una  explanada en el centro y mientras la gente se bajaba, un señor que venía sentado junto a mí, al otro lado del pasillo, me pregunta si ésa era “lameda central”. En los tres segundos que me tardé en regresar de mi mundo lo miré a él y a la plaza consecutivamente, hasta que algo hizo “clic” y atiné a decirle “uy, no señor, no se baje, todavía falta”, pero la doña enfrente de mí ya estaba inmersa en la conversación, explicándole –muy muy mal, por cierto, por dónde pasaba el camión. Después de casi mandar la ruta hasta París, le dijo que pasaba por la central camionera. El don, más confundido que una gorda en una barra de ensaladas, nos miraba a la señora y a mí alternativamente, sufriendo obviamente , en su pequeña cabeza, porque la señora NO SE CALLABA, como buena persona que a huevo tiene qué decir algo para probar que sabe, aunque no tenga la razón. En fin, el señor terminó aclarando (como pudo) que él sólo iba a la alameda central y que le indicara dónde se bajaba. A la señora le valió tres kilos de viril de toro y le dijo que ella se bajaba en el mercado Escobedo y que él debía bajarse en la siguiente parada, “esa que está por el Gómez Morín”. SEÑORA WEY, obviamente si no es de aquí no entenderá jamás ninguna referencia queretana que se le de, pero por suerte yo seguía en el autobús después de que se bajó Doña Elocuente y pude evitar que se bajara en repetidas ocasiones.
Luego de un rato me dispuse a tuitear lo enojada que estaba con la gente y el mundo, Y SE ME FUE EL AVIÓN POR COMPLETO. En algún momento, mi cerebro asumió por su cuenta de que yo YA HABÍA HECHO EL TRANSBORDO a la ruta que me trae para mi casa, y no me bajé donde era. Las cosas empezaron a no cuadrar cuando para mi susto la ruta dio una vuelta hacia la derecha, cuando debía seguir por la misma calle. Bernardo Quintana es una arteria principal de la ciudad, la cual es atravesada por un puente que, como descubrí con desagrado, no tiene acceso desde la banqueta lodosa donde te deja el autobús después de sonar con desesperación el timbre de bajada.

Después de caminar por un acotamiento estúpidamente estrecho y lleno de lodo en busca de una manera de subirme al pinche puente, o en su defecto pasar a la colonia de al lado, tuve que brincar la bardita que separa la vialidad del camellón del otro lado. Al cruzar la calle me acerqué demasiado a una reja y sentí un golpe en el brazo, proveniente de la cabezota de un rottweiler que evidentemente no tiene civilidad por culpa de su dueño. Después del segundo susto consecutivo de la noche logré calmarme lo suficiente para trazar una ruta a través de una colonia donde dos de mis amigos viven, y que yo pensé que conocía. Pues resulta ser que no la conozco tan bien como pensé porque después de caminar un rato no encontraba nada conocido. Por suerte luego de un rato sí llegué a la parada de autobuses donde debí haberme bajado, y no lo hice. Echarle la culpa a las redes sociales o incluso a los smartphones se me haría completamente injusto dadas las circunstancias, y por el contrario es mi deber admitir que la torpeza es un elemento ya inherente a mi vida. Solo espero que las cosas sean en realidad como cuando era pre adolescente y podía darme el lujo de pensar “esto a cualquiera le pasa”.

6 de enero de 2015

LRMP

Podría decirse que eran como murmuraciones.
Tal vez el motivo no era que les diera pena su plática, que mire, usted, de una vez le cuento, que yo soy una simple servilleta.
Había un festejo y yo por mi naturaleza no entendía bien qué pasaba. Sólo miraba que había chingos de ruedas de panes.
Había tres tipos coloridos de los que mencionaba aquí al principio que estaban con su plática. El derredor no era escuchable como la de estos humanos.
Decían, según mis entradas auditivas cercioraban, que andar de putos tras cuarenta años ya no dejaba.
—Empezamos a los diecinueve. Nada que ver ahora llegando a los sesenta. Esta flacidez; luego no tenemos seguro ni afore y renta depa toda la vida, ni el pinche infona.

Melchor y Gaspar se atragantaban con las flautas ahogadas en guacamole y lechuga sin un ápice de atención a Baltazar.

Las otras servilletas que estaban junto a mí no tenían vida. Quien sabe. Pero yo oía, pensaba, sentía, pero no cagaba, sólo limpiaba puesto que por eso aquí estaba.

Melchor se limpiaba con dos servilletas al mismo tiempo, era un asqueroso aunque no tanto como el Gaspar que a pura mano éstas se las enverdesía.

Soy puro de limpieza pues. Por eso hablo de eso y no digo nomás por decir. Yo limpiando al que me agarre, muero.
Sucio no sirvo y vivo únicamente limpio.
Sin usar y postrado en esta espera pues.

—De llamarnos Los reyes magos putos debimos llamarnos Los reyes magos....

Fushhhhh sheeeashhhhio shaaaaaffp

*Melchor toma, ensucia y tira la treceava servilleta de la comida

1 de enero de 2015

Obsequio










Te regalo mi nombre, 
Ese que brota de tu boca
En susurros desvelados.

Te regalo mis ojos,
Cafés y limpios.
Esos que observan tu silueta,
Desnuda en la penumbra.

Te regalo mi boca,
Pequeña y frágil,
Esa boca que tortura tu sexo
Con desenfreno,
Y te sonríe con picardía.

Te regalo mis manos,
Con sus dedos largos y delgados,
Pinceles de obras de arte en tu espalda.

Te regalo mis pechos,
Redondos y grandes,
Montañas conquistadas por tus dientes,
Mi pezón derecho, mi amante,
Es tu campo de batalla.

Te regalo mis piernas,
Abiertas y pecosas,
Hogar de tu vientre,
Tu trinchera lujuriosa.

Te regalo mis pies,
Tan flacos y pequeños,
Andantes,
Seguidores fieles de tus huellas.

Te regalo mi sexo,
Húmedo y tibio,
Manantial que calma tu sed,
Manjar que cura tu hambre y alma.

Te regalo mi alma,
Arrebatada y salvaje,
Temperamental y soñadora,

Llena de ti.

25 de diciembre de 2014

Coexistencia

Como siempre, a la cuarta caguama, empecé a despotricar en contra de ellos… sé que siempre lo hago aunque la impresión del holocausto zombie pasó hace un chingo. Ahora nos hemos acostumbrado a verlos deambular por donde sea, con sus brazos levantados, con esa peste a tierra húmeda y carne putrefacta que solo ellos tienen. Por mí no hay pedo, de verdad que no, soy una persona tolerante y de mente abierta pero lo que en verdad me caga es que causan un pinche tráfico de mierda, se les rompen los brazos con la madre esa de los cambios o se les cae un ojo en un semáforo y ahí vienen los accidentes y nadie hace nada.

Mi tía Servanda (la rata de iglesia) decía que era un castigo divino por tanto pecador caminando por la calle, por tantos hombres y mujeres que hacían caso omiso de la ley de Dios y también por tanto político corrupto. Mñeh, algún pendejo con un cóctel de virus, esporas multiformes, magia negra y un pinche desprecio por la humanidad (o necrofílico el puto) nos trajo la vida después de la muerte aquí en la tierra.

Es una reverenda mamada. Da Vinci decía que una vida bien usada te llevaba a una dulce muerte, y conozco muchas personas que vivieron de acuerdo a esa premisa para disfrutar incluso en su última morada, pero se encuentran con que, cuando su cuerpo se hincha y desecha todos los fluidos esos tan bonitos que guardamos y su carne cambia de color, a su cuerpo regresa una compulsión más grande que el descanso eterno y salen de sus tumbas. Por eso a veces ni los entierran, nomás les avientan un pinche trapo encima y les sacan la vuelta, le han quitado el misticismo y respeto a la muerte, lo trivializaron a más no poder. Me acuerdo que cuando se murió mi primo Cosme, lo treparon en una mesa de billar y se cagaron de la risa cuando el vato despertó a los seis días oliendo aún a tequila y marihuana y sin saber donde estaba.

Ya me encabroné. Además, mi hija la Cuquita se la ha pasado llorando toda la semana porque el pendejo de su vato la dejó por una morra que se mató en un accidente automovilístico el mes pasado. Hablé con él después de que mi niña quiso cortarse las venas para ser también zombie y recuperarlo (vieja tenía que ser la babosa); quería que me contara que se siente que en verdad se le salgan los ojos a la morra cada vez que se la mete... ah, y claro, si es mejor que mi niña que late por todas partes.

Aparte ya empezaron a aumentar los impuestos para la cría de humanos en invernaderos para que se alimenten de ellos porque quesquelos cerebros hidropónicos no saben igual. Que la chingada, ni siquiera redondeo mis pagos y ahora resulta que tengo que dar una lana extra para que el pendejo de mi vecino no venga en la noche a meterme un popote en la oreja y me absorba lo que tenga dentro o se coma a mis hijos antes de la cena.

Yo digo que va contra la naturaleza que humanos y zombies compartamos los mismos espacios. Debemos darles descanso eterno.

19 de diciembre de 2014

Desconfianza


Por @engentada

Siempre odié ir a la escuela. Odiaba salir de mi cama calientita al frío de la calle, con un suéter de acrilana que, además de feo, no calentaba un carajo. Y además con falda. Odiaba estar encerrada horas enteras en un salón de clase con otros 39 muchachillos roñosos y poco simpáticos, y tener que dejar la comodidad de hacer lo propio en el baño limpiecito de mi casa, para ir a mear de aguilita a un cubículo oscuro, frío y apestoso. Odiaba tener que cambiar un desayuno recién hecho por un sándwich de religioso jamón, cada día de la semana, con la servilleta tozudamente pegada al pan. Odiaba tener que intercambiar monedas por bebidas, hacer cualquier deporte o relacionarme con otra gente. POR DIOS, LA GENTE. Niños en la fila de los dulces. Niños en la fila para el baño oloroso. Niños en el patio, en el salón, niños en las canchas, niños, EVERYWHERE.
Si mi escuela primaria matutina urbana federal no era el infierno, estaba muy cerca de serlo. Ahí fue donde conocí el absurdo término "trabajo en equipo". GOD WHY. Siempre hay un bruto que trabaja por todos. A mi no me ha gustado nunca depender de nadie para hacer mis cosas. Por lo tanto yo era esa bruta. No era capaz de confiar en mis compañeros para hacer labores simples, no podía esperar que las cosas se hicieran bien si no las hacía yo. No sé si era lo que pretendían mis maestros al encargarnos sus fregaderas, pero aprendí que desde mis nueve pequeños años soy INCAPAZ de confiar en otra gente.
Nunca me ha gustado tomar taxi sola, no me gusta la gente que se me acerca en la calle a hacer plática casual, si no conozco el lugar al que voy, la primera vez debo ir acompañada, procuro sentarme sola en el autobús, no me acerco a coches en movimiento y siempre miro por sobre mi hombro cuando alguien viene caminando detrás de mi. La desconfianza es algo inherente a mi, construida en base a sinsabores y malas experiencias. No hay punto medio para mí, o desconfío o no, y la confianza, siempre frágil, se prueba para mí a diario. Conocer y confiar son conceptos separados, y desafortunadamente eso también me ocasiona problemas serios: la gente que me rodea siempre está a merced del severo escrutinio impulsivo de mi cerebro. No hay acciones desinteresadas de gente que no conozca, la gente que se me acerca de buen talante siempre tiene alguna razón ulterior. No quiero comprarte nada, no hay razón para que me mire así, señora, ¿por que me sonríes, estúpido? No te sientes junto a mí en el autobús, por favor, ponte audífonos, no me preguntes la hora...

13 de diciembre de 2014

Las mujeres de los directores, una infografía.

Muchos directores de cine reconocidos suelen usar un estereotipo de heroína o de villana en sus películas. Aquí una muestra de los más obsesivos con el tema.

Infografía: Beatrix G. de Velasco

 
biz.