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13 de noviembre de 2015

Una hoja en blanco



Una hoja en blanco. Un blanco brillante, luminoso, cegador a los ojos negros que la miran. Ayer le dijeron “escribe esto”, por encargo. Hoy, con libertad de inventarse una historia, las ideas se han quedado quién sabe dónde. Y la hoja blanca sigue ahí, alumbrando la habitación helada, bajo el cielo blanco de octubre.  Él se pasea atrevidamente alrededor, pero vuelve a la hoja tras su reclamo.  Una hoja con su cara albina, amenazante, retadora.  “Sí, ya te he entendido, dice con un parpadeo que sólo las hojas en blanco podrían comprender. Entonces cierra los ojos.

Hay uno, dos, tres segundos de calma hasta que el fulgor de la hoja atraviesa sus ojos cerrados. Dice “Eso, justamente, ponlo aquí, ponlo aquí…”. Pero ahí no hay nada. Abre los ojos y se desliza lentamente a la cocina por una taza de café. Sorbo a sorbo sus manos se calientan, los dedos adquieren flexibilidad y brío. A la distancia,  la luz desde el cuarto contiguo llama. Le brillan los ojos. Taza en mano, apaga la luz de la cocina. Los pies llegan hasta el quicio de la puerta y ve finalmente a la hoja inerte, con una mirada desafiante, casi burlona. “Bien,” hace un guiño, y con la mano libre escribe en el papel. Hay un largo suspiro, y después de uno, dos, tres sorbos al café, una hoja en el puño cerrado.

13 de julio de 2015

Fotoretrato



Los domingos se sentaba al sol desde temprano. Ese domingo tenía que ser igual que todos y lo era. Despertar, abrir los ojos a la primera sensación de seguir vivo. Palpar el camino desde la cama al buró para alcanzar los anteojos. Fijar la vista en las manchas de humedad en el techo, sentir el frío en los huesos y rescatar la energía mínima para salir de la cama en busca del sol. Mientras descubría su cuerpo enclenque pensó, “Un día más”. Poco a poco se sentó en la cama y comenzó a reconocer sus cosas. Todo debería estar en su lugar, y lo estaba. Las sandalias colocadas justo donde sus pies pisaban, la bata calientita sobre el respaldo de una silla, el vaso en la mesilla con la dentadura que hacía meses no usaba y los rayos tenues de sol que a diario entraban por la ventana.
Con movimientos parsimoniosos logró ponerse la bata y calzarse las sandalias. La boca desdentada y reseca, le hizo pasarse la lengua varias veces por los labios. Se ajustó los lentes detrás de las orejas frías y se dispuso a dejar la habitación, llevándose su olor a viejo y a moho. El trayecto hasta la puerta que daba al patio no era tan largo, pero sus pasos pesados y vacilantes, no le permitían avanzar tan rápido. “Vamos pies, vamos manos”, se dijo, anhelando sentir pronto la calidez del día sobre su piel marchita.
Después de siete a nueve pasos, que le parecieron 30, llegó a la puerta, jaló el resorte que aseguraba su casa en la noche, salió, dio una ligera vuelta a la izquierda y ahí estaba su silla. Se dejó caer en ella abruptamente, intentando tragarse de a una el aire fresco de la mañana, “tranquilo”, pensó y decidió serenarse. Cerró los ojos, inhaló profundamente irguiendo el pecho y una sonrisa le fue dando forma a sus labios. Al exhalar abrió los ojos. Todo tenía que estar dispuesto para esa mañana y lo estaba. La higuera, los geranios, las rosas, la ruda, la hierbabuena y los rayos del sol tocándole sus espacios.

13 de junio de 2015

Conspiración



Ruido, tanto ruido. El silencio me trastorna, por eso me voy a cualquier lugar donde el ruido externo sea tanto que el que traigo en mi cabeza se confunda y se pierda entre los ruidos de otros. He de decir que mi ruido suele ser bueno, muy obediente. Es tan sociable y tan orgulloso de sí mismo que en cuanto le abro la puerta y conoce a otros ruidos se integra fácilmente. Pero también es muy caprichoso y en cuanto todo alrededor se silencia, acribilla mi mente. Por eso lo entretengo hasta muy tarde. Lo llevo a la cama cuando está exhausto para que el ruido inevitable que precede al sueño, pase discreto. Lo que pasa es que ahora se me están agotando los lugares estridentes, llevo tanto tiempo así que ya mi ruido se está aburriendo. Pobrecito, yo lo entiendo, la rutina lo tiene harto.
Y es que solemos iniciar el día con los taladros en las calles, esas detonaciones, una tras otra casi lo llevan al éxtasis. Yo siento su emoción cuando cierro los ojos y lo dejo salir libremente a saludarlas. Claro que hace su berrinche cuando los taladros quedan inertes en el suelo mientras los obreros se sientan junto a ellos a comer. Entonces  intento entretenerlo con el zumbido de los autos, pero eso no es suficiente. Así que me lo llevo a la vuelta de la esquina donde hay una ruta de tracto camiones. Esto sí que le encanta, conocer el arranque de los motores y la lentitud con que se mueven esos mastodontes lo llevan a un estado de elevación.
Pero ahí también llega la hora de sosiego y entonces me lo llevo a la lavandería. El ruido de las máquinas, aunque leve, lo entretiene bastante. Pero no es sólo por el “chaca-chaca” de las lavadoras, sino también por el chismorreo entre la amas de casa que se aglutinan a esa hora. Entre el sacudir de la ropa sucia, el rechinar de los controles, el verter de los detergentes y el estruendo del caer de las tapas, se escapan algunas bromas, quejas familiares, actualizaciones de la telenovela de la tarde y recomendaciones para el candor de la ropa blanca. Mi ruido ahí es feliz. Le encanta perderse entre esas voces agudas de jolgorio.  Mas el llamado de sus responsabilidades pronto expulsa a las mujeres del lugar y entonces la lavandería se vuelve un lugar especialmente fastidioso.  A esa hora es cuando llegan los aburridos solterones a lavar una muda de ropa que simplemente vacían en el cilindro para sentarse a leer el periódico y empinarse su gran termo de café con tremendos sorbos. Eso vuelve loco a mi ruido, se desespera y me empieza a patear la cabeza con sus combatientes botas de recuerdos.
Salimos de prisa.
Con la prisa del escape también llega el hambre. Vaya forma de empeorar la situación, por un lado el retumbe lacerando mi sien y por otro el gruñir de mi estómago atacando a mordidas los pocos órganos en buen estado que me quedan. Entonces me voy al comedor más cercano donde haya menos gente. A esa hora, me doy el lujo de torturarme. El ruido de los restaurantes, pero sobretodo la falta de plática de los comensales me recuerda todo. Por más que el ir y venir de los meseros y el repiquetear de los cubiertos intenten arrancar mi ruido, yo me aferro a él en ese momento.
Sí, tengo mi hora masoquista.
Y ahí, sentada, entre el silencio imperante de los solitarios, dejo que el ruido haga fiesta en mi mente. Mientras dura la fiesta me lleno la boca para no darle tiempo al nudo en la garganta y aprieto los ojos para exprimir las lágrimas. El dolor de estómago poco a poco se calma mientras que el ruido apuñala mi cabeza. El ruido no cede, no se cansa, quiere seguir la fiesta.
La explosión es incontrolable. Salgo corriendo, me pego en la ventana del bar más cercano, esperando a que mi ruido se mezcle con los de adentro.
Así es mi batalla cada tarde. Es la hora más larga del ruido insumiso que disfruta atraparme.
Sufriendo así espero el momento del cansancio.
Aguanto esperando la hora que me lleve al ruido.
Al ruido que precede al sueño.
Al sueño que me lleve al ruido sin intención.

13 de mayo de 2015

Estación morada

1:50 de la mañana. Luz tenue en la habitación morada. Lo esperaba metida en la cama. Buscaba paciencia entre las sábanas, boca arriba, piernas flexionadas, tres o cuatro almohadas amoldándole la espalda. Entretenía el sueño leyendo un poco, mas el acto de la lectura era automático. Veía las letras, las reconocía, juntaba las sílabas, producía su sonido en la mente, pero el pensamiento estaba con él. En querer llamarle, y saber por el tono de su voz si la extrañaba. Preguntar si ya estaba cerca de decidir volver a casa. Por momentos olvidaba lo que estaba pensando, como si el lastre de la incertidumbre la aplastara en la nada. Miraba al vacío con los ojos fijos en el libro abierto, mientras las letras iban viajando al cerebro en un espiral infinito.
De repente un suspiro maquinal le hizo reconocer que estaba despierta y volvió a la lectura: “Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?”
1:55. ¿Habrá salido? ¿se habrá acordado? se dijo. De repente el móvil incrustado en las costillas le dio ilusión a una llamada perdida. Lo tomó, iluminó la pantalla, pero no había nada más que una llamada imaginaria. Soltó el móvil descuidadamente y volvió al libro que había seguido reposando sobre sus rodillas. “Se ve que usted ignora por completo lo que ocurre”, leyó.
1:57. “Es tarde ya” musitó. Esta vez un escalofrío le recorrió el cuerpo y con otro suspiro involuntario clavó su mirada en la pared púrpura. Habían escogido juntos ese color, no deseaban estar rodeados de colores claros. Ella ya de grande siempre había odiado los colores pastel que encantaban a todas las niñas cursis de su época y él, que no quería imponer azules ni grises, propuso ese púrpura casi negro. Ella aceptó encantada porque siempre desde ya grande quiso ser fuerte y los colores de mujeres comunes no dicen eso. Recordó el día que ella pintó esa pared y con su pulso de maraquera se salió de los márgenes y manchó el techo. “Es un trabajo artesanal”, le había dicho a él cuando éste regresó del trabajo. Absorta en ese recuerdo, soltó una carcajada que retumbó en las paredes moradas y golpeó en el espejo. Se vio abrazada por él aquel día, querida, apreciada y hasta bonita a pesar de su aspecto desaliñado de pintora de brocha gorda.
2: 05. Con un suspiro profundo volvió al libro y leyó, “Está usted loco, yo quiero llegar a T mañana mismo”.  “Mañana, mañana, ya es de mañana”, se dijo. “Son cinco minutos, la vida es eterna en cinco minutos”, tarareó aquella canción de Jara que a él tanto le gustaba. Esta vez tres suspiros cortos pero seguidos la hicieron buscar otra vez el móvil que se había perdido entre las sábanas. Moviéndose de un lado a otro, palpaba el colchón por debajo de sus piernas, a los costados, a sus espaldas, en el lado vacío y restirado de la cama y no encontraba nada. “¡Cómo es posible que se me pierda siempre aquí!”, refunfuñaba, "son los duendes, duendes son, eso son". Mientras buscaba, iba pensando en todos los objetos que había perdido antes en la cama y que un buen día aparecieron tirados debajo del tocador o metidos en el clóset. Decidió dar por terminado ese pensamiento pues era un misterio que jamás entendería. Terminó por ponerse de pie y extender varias veces las sábanas hasta que el móvil cayó al piso. Sin dejar de empuñarlo, con la mano libre dispuso nuevamente todos los objetos según su comodidad y se metió en la cama. Accionó el móvil, buscó su cara y con un leve toque ya estaba llamándolo. “Hola, en este momento no te puedo contestar pero déjame un mensaje breve y te llamaré lo más pronto posible”, se oyó en el auricular. “Otra víctima más de las frases robotizadas”, exclamó y aventó el aparato a los pies de la cama. “Piérdete a gusto”, dijo.
2:11. Quiso olvidar la grabación. Retomó el libro con ambas manos, intentando recordar hasta dónde había leído. No recordaba nada. Suspirando contrariada, tuvo que leer desde el principio, “El forastero llegó sin aliento a la estación desierta”. Parecía que con la búsqueda del móvil la sangre le circulaba debidamente, le había hecho recobrar la atención y siguió leyendo aunque estaba un poco agitada.
2:15. Terminaba de leer, “Una vez en el tren, su vida efectivamente tomará algún rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T”, cuando la sirena de una ambulancia la interrumpió. “Qué no sea de mi casa, que estén todos bien, que no sea de mi casa”, es lo que siempre pedía cuando escuchaba ese sonido de alarma. Poco a poco el bullicio ambulante se alejó. Nuevamente sus pupilas quedaron como petrificadas. Esta vez haciendo que veía hacia la puerta morada. “Nunca pongas la cabecera en dirección a la puerta de la recámara”, recordó que alguien le había dicho. No se acordaba ni por qué ni para qué. Sin embargo había hecho caso aunque se preguntaba si había entendido mal y debería haber hecho lo contrario.
2:19. Cerró los ojos fuertemente, por unos segundos mientras recobraba el sentido del tacto con las hojas rasposas del libro entre sus dedos. Abrió los ojos y reconoció que siempre había estado en la misma página. Vio las letras, las palabras, una tras otra y otra más. No podía entenderlas, como el tren a T que nunca llegaba. Con un suspiro de resignación cerró el libro. 
Ese cuento ya se lo sabía, Ese tren a T nunca llegaba.

 
biz.