Pasé el día 2 de febrero en casa de una de las compañeras
de francés de mi mamá. Nos invitó porque al ser ella del Distrito Federal ,
realmente no tiene familia con la cual juntarse los días festivos, así que se
reúne con un grupo de amigos de varias otras partes del país, y en ésa ocasión,
evidentemente iba a haber tamales.
Luego de un rico y muy inusual tamal de limón con queso (es neta, yo tampoco
sabía que se podía) platicamos un poco en la sobremesa con el grupo de recién
conocidos. Casi todas eran parejas de 35 años y más, entonces la plática tuvo
un tono ligero, desparpajado, y amable, que poco a poco se fue tornando hacia
temáticas más serias. El parteaguas de la reunión vino cuando uno de ellos dejó
caer la frase “Yo no creo que México vaya a cambiar nunca”.
Ah chingá.
Se apresuró a completar su punto.
“México no va a cambiar porque, como vemos, nos gusta mantenernos cerca unos de
otros y asegurarnos de que nuestra gente cercana y querida esté bien. En el
momento que tus seres queridos estén bien o se vean beneficiados por algo que
tú haces, entonces uno se encuentra bien. Es por eso que yo creo que se da lo
del compadrazgo, y de ‘le doy mejor el negocio a mi primo que tiene un negocio,
a lo mejor no lo hace tan bien como esta otra empresa, pero él va a tener lana’,
está clarísimo, y creo que todos lo haríamos”.
Ah chingá.
Mi familia, tanto paterna como materna, vive en el Estado
de México. Todos se dedican a cosas distintas y van tocando diferentes clases y
niveles económicos. Una parte en particular se dedica a vender granos,
semillas, alimento, y jaulas para pájaro en el mercado del municipio en el que
viven. Recuerdo cierta ocasión que se quedó mucho en mi memoria a pesar de mi
realmente cortísima edad, en que fuimos a visitar a estos parientes. Yo
realmente no conocía su casa, y en lo sucesivo tampoco la frecuenté, pero en
esa ocasión recuerdo que lo primero que vi al entrar fue una jaula enorme
colgada de un gancho en uno de los pilares a media sala, y los colores
vibrantes y maravillosos del animal que estaba dentro. Corrí hacia mi madre a
preguntar qué diablos era aquello, a lo que me respondió:
-Es un tucán. No te acerques ni le vayas a meter el dedo a la jaula, porque
pican muy feo.
Y como ya les he contado antes mi manera de reaccionar ante esas cosas, no les
costará entender que realmente me picó la sensibilidad ver a aquél animalito
que, a pesar de que yo era realmente muy pequeña, sabía de sobra que NO DEBERÍA
ESTAR AHÍ, y me mortificó imaginarme a mí misma como ése exótico prisionero, que
en lugar de extender sus alas y volar por la selva estaba confinado a una jaula
de tamaño un poco más grande que su cuerpo, a media sala de estar de unas
criaturas sin pelo que sólo por caminar en dos patas se sienten superiores a
los demás.
El tío del puesto del mercado en cuestión es un tío
político, cuñado de mi padre. Con los años los hijos le han ayudado a hacerse
cargo del negocio, aunque la mayoría ahora se dedican a otra cosa.
Curiosamente, del lado de mi madre mis parientes también atienden un puesto en
el mercado, que al principio pertenecía a mi abuela, pero que por cuestiones de
salud ya no pudo mantener, y pasó al cuidado de mi tía. Los dos negocios están
ubicados en el mismo pasillo; no exactamente juntos pero a pocos locales de
distancia, así que lo que pasa en un lado es perfectamente observado, juzgado y
comunicado por el otro. Por ejemplo, hace
no mucho, tendrá unos meses, mi mamá estaba platicando al teléfono con mi
abuelita, y lo que la abuela le dijo pudo haber sido pasado por invento de ancianita
DE NO SER PORQUE CONOCEMOS AL TÍO PAJARERO. Es difícil hacer una evaluación
imparcial de alguien que ha terminado en la cárcel por usura, le ha pedido una
suma fuerte de dinero prestada a mi padre para pagar una fianza y termina de
nuevo dentro del tambo por peleonero. Pero en fin, lo que mi abuela dijo es que
un día llegaron al puesto en el que casualmente estaba ella, digamos,
supervisando, a preguntar por “el veterinario”. Cosa extraña porque no habían
sabido que algún veterinario tuviese algún local DENTRO de la nave del mercado.
Tras indagar más, el anónimo le dijo a la abuela “sí, un veterinario de pájaros
que dicen que tiene su local en este pasillo, es que tengo un canarito muy
malo, y vengo a que me lo recete”. Y
pues órale, veterinario de pájaros.
-Hija, yo no sabía que este hombre tuviera estudios en veterinaria, ¿no se te
hace raro? –Decía la abuela, al teléfono.
-…no mami, no se me hace nada raro. –Respondió mi mamá, un tanto
socarronamente.
No se nos hizo nada raro.
Otra tía, hermana de mi padre, viene muy seguido de visita a Querétaro porque
sus dos hijos están en el equipo de Football Americano de su escuela, y uno de
ellos estudia aquí. Aprovechando, un hermano de mi papá también vino de visita
con ella hace aproximadamente 2 semanas.
En la noche, cuando casi todos se habían ido a dormir, mi padre salió al
supermercado y solo estábamos mi madre y yo en la cocina, mi tío nos platicó
algo aún menos extraño acerca del tío de los pájaros.
-Pues anda prófugo.
-¿Qué? ¿Cómo? ¿Por qué?
Resulta que uno de sus hijos quedó a cargo del puesto a
cierta hora, hora en la que llegaron unos amables caballeros preguntando por
algún pájaro exótico, digamos UN TUCÁN. Que habían escuchado que alguien en el
mercado podía conseguirles uno y estaban dispuestos a dar una cuantiosa suma a
cambio del tucán.
Mi primo no es del todo idiota, pero el dinero le obnubila la razón.
-Pues yo no soy el dueño, pero es mi papá. Ahorita no
está pero si quieren les enseño las aves que tenemos en mi casa, solo déjenme cerrar.
Ipsofacto, cerró el local y guió a los dos hombres a su
casa que queda a unas calles de ahí. Al abrirles las puertas para que entraran,
no solo se metieron los dos sujetos, sino otros dos que venían guardando su
distancia detrás de ellos. El tío, como decimos coloquialmente, se quedó “de a
seis”, sin saber si recibir a los amables caballeros o correrlos a punta de
cachazos. Los hombres eran de la SAGARPA, e incautaron cualquier ave exótica
encontrada en el lugar, y le dijeron al tío que por desgracia esta clase de
cargos equivalían a cárcel o a una multa muy fuerte, así que necesitaba venir
con ellos al ministerio. Don Tío trepó por la planta alta hacia la azotea y se
dio a la fuga.
-Pues la verdad no es por mala onda, pero QUÉ BUENO.
–Dije, con toda la buena intención que puede tener una persona como yo hacia
una persona como él. Mi tío visitante me miró un poco turbado y buscó apoyo con
la mirada en mi madre.
-Es que ésas son cosas que no deben hacerse, son aves
ilegales.
-Pero es que seguramente les pasaron el pitazo a los de
la SAGARPA, obviamente saben quién es y lo tenían vigilado, -Dijo mi tío- ellos
realmente no iban por el bien de los animales, ellos iban por dinero.
Después de nuestra mirada extrañada, prosiguió:
-Claro, porque, bueno, si tú como persona ves la
oportunidad de bajarle lana a un mono que está en desventaja, y siendo tú una
autoridad, claro que lo harías. Todos lo harían. Yo lo haría.
-¿Tú lo harías? ¿Neta? –Pregunté.
-Sí, lo haría.
Y pues viendo que las familias se apoyan incondicionalmente y que todo mundo
aprovecharía la oportunidad de hacerse de una lana extra que NO ES TUYA y
puedes obtener por amenazas y mordidas, me parece bastante extraño que el país
sea capaz de mantenerse en pie. Digo, si todos somos iguales, si todos lo
haríamos, cabe preguntarse si las cosas que ha ganado otra persona que tiene
más recursos que tú son bien habidas o no, o si los ayudó el compadre que
trabaja en gobierno estatal para conseguir un trabajo que de otra manera
hubiera conseguido una persona que sabe hacer mejor las cosas; o si el oficial
al que te diriges en la denuncia de una falta o algún delito no va a aprovechar
la desventaja de alguien más junto con tu información para conseguir una suma
limitada de dinero a cambio de la libertad de la persona que te hizo mal. Me
salen muchas dudas a cuestión dadas las circunstancias. Si todos pensamos así,
me cae de a madres que México no va a cambiar nunca.